Sin remordimiento ninguno de esos de mala madre, que no nos sirven para nada, salvo para autoflagelarnos, hace un par de semanas disfruté de un fin de semana romántico y de relax, dejando a mi criatura a cargo de mi santa madre. Y tan contentas que se quedaron las dos, porque se llevan a las mil maravillas y a mí me encanta. Eso sí, las dos llamadas al día no me las quita nadie, que disfruto igual del relax (o más) si mi madre me cuenta lo bien que se ha comido el puré, la pedazo de siesta que se han echado juntas y lo bien que se lo ha pasado en los columpios. “¿Y qué tal lleva lo de andar?”, le pregunto ilusionada por si a la vuelta ya no me tengo que dejar los riñones llevándola de las dos manos. “No hay avances”, sentencia. Sigue leyendo
Un hotel en el que reparten flashes en la piscina
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