Cuando trabajaba en la agencia de noticias Europa Press todo se hacía con urgencia. Sal corriendo a la rueda de prensa, asalta al directivo de turno para preguntarle algo, vuelve a la agencia a toda prisa (antes siempre cogíamos taxis, pero un pajarito de la profesión me ha chivado que ahora, con la crisis, los han prohibido) y escribe el teletipo a la velocidad de la luz; volcando la información de la libreta y la grabadora, sin apenas pensar en lo que estás escribiendo. Y así todos los días.
Nuestro objetivo era adelantar a la competencia, en concreto a EFE (agencia de noticias pública). Daba igual si a veces no entendías lo que escribías; lo importante era la rapidez con la que lo hacías. Seguro que os habéis dado cuenta de que muchos periodistas tienen respuestas inmediatas para todo. Eso sí, pocos se detienen a pensar antes de hablar. Porque lo importante es hablar, la verborrea de los datos, de las cifras, de las frasecitas enjuiciadoras que sientan cátedra (aunque sean erróneas). En el país de la velocidad, el que tiene la respuesta inmediata es el rey.
Lo malo es que este “corre-corre” diario se fue extendiendo poco a poco a mi vida personal. Fui cambiando de trabajos (alternando periodismo y comunicación corporativa) y en todos ellos siempre había un denominador común: las prisas. Y no creo que esta manera de trabajar sea exclusiva del periodismo. En nuestros quehaceres laborales casi todos corremos por exigencias del guión (al firmar el contrato debería de haber una cláusula que nos avisara de esto; incluso un extra por el estrés que provoca) y lo malo es que lo hemos interiorizado tanto que también corremos en nuestra vida personal. Es difícil encontrar a alguien que no sufra la enfermedad del tiempo; esa creencia obsesiva de que el tiempo se aleja y de que, por tanto, debemos correr cada vez más. Y es una mal que nos afecta desde hace varias décadas. De hecho, este término lo acuñó en 1982 el médico estadounidense Larry Dossey.
En el trabajo corremos por exigencias del guión (o eres rápido o no te dan el papel), pero en nuestra vida personal muchas veces corremos para evadirnos. La velocidad es una manera de no enfrentarnos a lo que nos pasa; es el cómplice perfecto para evitar las preguntas importantes. Carl Honoré, el guru anti-prisa y autor del éxito mundial “Elogio de la lentitud” (RBA), lo explica mucho mejor que yo: «Viajamos constantemente por el carril rápido, cargados de emociones, de adrenalina, de estímulos, y eso hace que no tengamos nunca el tiempo y la tranquilidad que necesitamos para reflexionar y preguntarnos qué es lo realmente importante».
También influye mucho la educación. Desde pequeños (al menos es mi experiencia) nos inculcan que no podemos perder el tiempo y este hábito, aparentemente inofensivo, acaba fosilizándose y convirtiéndose en miedo a perder el tiempo. Y la paradoja es que este miedo a perder el tiempo nos genera una aceleración en nuestras vida que, en muchas ocasiones, nos hace desperdiciarla. De locos.
Y hablando de educación, yo misma ya le estoy inculcando a Martina el hecho de vivir deprisa con expresiones del estilo «venga, venga, que hay que irse a la piscina», «vamos, date prisa que vamos a llegar tarde». Y solo tiene 18 meses. Precisamente Carl Honoré decidió cambiar de vida radicalmente gracias a uno de sus hijos: «Mi situación llegó al punto de coquetear con la posibilidad de comprar una colección de cuentos condensados en un minuto, estilo “Blancanieves en sesenta segundos”, porque no encontraba ni el tiempo suficiente para leerle a mi hijo un cuento en condiciones. En ese momento, abrí los ojos y me di cuenta de lo absurdo de la cultura de la velocidad».
Pero no os preocupéis, hay remedio. La solución radica en cambiar nuestro modo de vida y pasarnos a la Filosofía Slow. ¿Y esto que suena tan alternativo qué es? Os cuento: desde mediados de los ’80 el Movimiento Slow propone “bajar la marcha para vivir mejor” y “buscar el ritmo adecuado para cada cosa”. Este movimiento nació en Roma en 1986 cuando un grupo detractor de la “comida basura” decidió impedir la construcción de un Mc Donald’s en la Plaza de España. Así surgió una subrama del movimiento que hoy se conoce como Slow Food. La Sociedad por la Desaceleración del Tiempo (www.zeitverein.com), que encabeza el Movimiento Slow, investiga el fenómeno del tiempo, organiza conferencias y publica libros para llamar la atención sobre la innecesaria aceleración con la que hacemos todo en nuestras vidas.
Y una vez que sabemos su origen, ¿cómo podemos aplicar la Filosofía Slow? Echemos un vistazo al decálogo de Honoré, a ver si sacamos algo en claro:
• No dejes que tu agenda te gobierne. Muchas cosas que te planteas ahora son postergables. Prueba y verás.
• Cuando estés con tu pareja y tus hijos o con tus amigos, apaga el móvil.
• Tómate tiempo para disfrutar de la comida. Comer apurado genera males digestivos y si la comida es buena y está bien sazonada, no la apreciarás como se debe. Este es uno de los placeres de la vida, no lo arruines.
• Pasa tiempo a solas contigo mismo, en silencio. Escucha tu voz interior. Medita sobre la vida en general. No tengas miedo al silencio. Al principio te será difícil, luego notarás los beneficios.
• No te aturdas con ruidos o mires la televisión como si fueras una medusa petrificada. Escucha música con calma y verás que es bellísima. No te quedes frente al televisor porque sí.
• Escribe un ranking de prioridades. Si lo primero que escribiste es trabajo, algo anda mal, vuelve a redactarlo. El trabajo es importante y debemos hacerlo, pero medita y notarás que no es lo más importante de tu vida.
• No creas eso de que en poco tiempo das amor. Escucha los sueños de la gente que amas, sus miedos, sus alegrías, sus fracasos, sus fantasías y problemas. Es una estupidez pensar que se puede amar una hora por día y basta con eso.
• No creas que tus hijos pueden seguir tu ritmo. Eres tú quien debe desacelerar e ir al ritmo de ellos. Recuerda que la conversación y la compañía silenciosa son los medios de comunicación más antiguos que existen.
• El virus de la prisa es una epidemia mundial. Si lo has contraído, trata de curarte.
Cierro el post con un vídeo muy interesante, realizado por varios miembros de la Asociación Slow People (www.slowpeople.org), sobre la nueva cultura del tiempo (TVE 1 lo emitió hace un año). Dura 23 minutos, así que dejadlo para cuando tengáis tiempo…





El mayor ejemplo del mundo en que vivimos es la velocidad a la que la mayoría habremos leído este post tan interesante. Creo que lo complicado es generar hábitos. Casi todos coincidimos en las ideas sobre este tema pero lo complicado es pasar a la acción y lograr generar esos hábitos.
Es más la mayoría nos quedamos flotando en esos propósitos durante mucho tiempo.
Yo reconozco que llevo flotando en esos propósitos, como dices, muuuuucho tiempo. Y sí, lo difícil es cambiar los hábitos, sobre todo teniendo en cuenta que la sociedad que nos rodea no ayuda (vas andando por los pasillos del metro y parece que a la gente le han puesto un petardo en el culo o te empiezan a pitar en cuanto el semáforo ha cambiado a verde…). Pero sigo pensando que hay que intentarlo con pequeños cambios diarios. Me hubiera gustado ver por una mirilla cómo Carl Honoré lo ha conseguido porque él también es periodista.
Me ha encantado tu post. Tienes razón en todo, pero efectivamente es difícil, cómo cambiarlo? Cómo hacer que el trabajo no sea lo más importante? si le preguntas a cualqueira te dira´que no es lo más importante, pero en la práctica es difícil decirle a tu jefe: “son las 8, me voy a casa, ahí te quedas!!”
Yo siento a menudo la necesidad de bajar el ritmo, sobre todo porque efectivamente se lo transmitimos a los hijos: yo también he dicho eso de “hay que bajar YA a la piscina” y sino qué? viene la policía de las piscinas a detenernos? y también me ocurre a veces que busco el cuento más corto para leer y mi hija me dice “mamá yo prefiero este que es más largo”… lógico!!
Es cierto que en determinados momentos de la vida uno corre para esconderse de la realidad, pero creo que en general se debe al ritmo que impone la sociedad en general y eso es difícil de parar, porque no está tanto en nuestras manos, es la cultura de la excelencia: hay que ser el mejor en todo y eso creo implica correr más que los demás para llegar antes, como bien has explicado. Otra cosa es que debamos revisar nuestros valores
Toma qué rollazo te he soltado!! pero es que el tema me interesa muchísimo. Creo que de hecho buscaré ese libro que no lo he leído.
Gracias y un beso!
Laura
¡Gracias a ti por leernos! La verdad es que es muy interesante lo que dices porque, efectivamente, la sociedad te va llevando por unos carriles por lo que a veces a ti no te gusta transitar (salir tarde del trabajo y regarle tu tiempo a la empresa, por ejemplo), pero yo creo que en esos casos sí podemos hacer algo; tenemos incluso varias opciones: hablar con nuestro jefe para explicarle que vamos a cumplir nuestro horario, y solo nuestro horario, de forma totalmente productiva; cambiar de curro (difícil en estos tiempos) o incluso dejar el curro (sé que suena a utopía o locura, pero a veces la conciliación laboral/familiar, e incluso la salud, está por encima del dinero). Yo me hice autónoma en el año 2007 por muchas razones, pero una de las que más peso tuvo fue el tema de los horarios; estaba asqueada por tener que regalarle mi tiempo a las empresas sin que jamás ninguna me lo agradeciera ¿Por qué tenemos que trabajar más horas de las estipuladas en nuestro contrato? En muchísimos países, mucho más productivos y económicamente más potentes que España, lo hacen así y no hay ningún problema (al contrario; en estos países te miran mal si quedas más tiempo porque piensan que no estás siendo lo suficientemente productivo al necesitar más tiempo extra para acabar tu trabajo). El problema es que vivimos en la cultura de miedo (miedo a perder nuestro trabajo, miedo a no poder pagar la hipoteca…) y por eso nos tienen “pillados”. Cuando una persona tiene miedo no reacciona. Y así nos va. Hay gente que consigue salirse de los carriles que la sociedad parece imponernos y es mucho más feliz que nosotros (mi hermano es un ejemplo), pero hay que ser valiente, asumir ciertos riesgos y tomar las decisiones oportunas para conseguirlo. Poder, se puede; otra cosa es que tengamos lo que hace falta tener para hacerlo. ¡¡Yo sí que te he echado un rollo infumable!! Yo no me he leído el libro de Carl Honoré, tampoco, pero tengo pensado comprarlo. ¡A ver si se nos pega algo!
Me encanta. En cuanto tenga tiempo me apunto a la filosofía slow
¡Pues ya nos contarás tus avances! Yo también estoy en ello.
Genial post; ya leí el anterior y me hizo recapacitar. Me ha gustado especialmente lo de “El virus de la prisa es una epidemia mundial. Si lo has contraído, trata de curarte”.
El problema es que queremos hacer tantas cosas al cabo del día que para lograrlo no queda otra que ir a 100 por hora. Ciertamente algunas de ellas son postergables, pero irremediablemente muchas, la mayoría, hay que hacerlas sí o sí.
Un beso
Sí, efectivamente hay veces en las que tenemos que hacer ciertas cosas sí o sí; pero hay muchas otras que nos imponemos a nosotros mismos como “prioritarias” y no lo son. Yo soy de las que practica lo de “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”; lo malo es que al refrán se le ha olvidado la última parte: “aunque tengas que hacerlo a toda leche y con estrés”. Y claro, no es plan. Nos iría mucho mejor si aplicáramos el lema de la asociación Slow People: “Deja para mañana lo que no puedas hacer hoy serenamente”.
Yo echo de menos los viejos tiempos en que “mis mayores” se sentaban a hablar por la tarde o por la noche, después del trabajo. No había “maquinitas” que escudriñar y las personas se miraban a los ojos e intercambiaban sus opiniones. Los vecinos se conocían y se ayudaban. Alguien pensará que eso era una Edad de Oro utópica. Pero yo la he conocido.
Sí, lo de las maquinitas diabólicas es un horror (el whatsapp nos tiene abducidos a la mitad de la población) porque las conversaciones ya no fluyen como antes. Y lo de los vecinos es una pena porque hay casas en las que ni se saludan… La verdad es que nosotros en ese tema no nos podemos quejar porque nuestro vecino del 3º es un encanto y nos echa una mano en todo lo que puede (es viudo y tiene una hija de 7 años) y con el resto también tenemos muy buena relación y hasta confianza para ciertas cosas. A mí me encanta lo de ir a una tienda y llamar a la gente por su nombre y que ellos sepan el tuyo; muy al estilo de los pueblos, pero ahora ya solo vemos eso en las pelis de Almodóvar. Una pena.
Me han encantado tus reflexiones. No sabes lo mucho que me he sentido identificada contigo. Quizás por el hecho de que también soy periodista y siempre he trabajado deprisa. Cuanto más deprisa mejor. Mi marido, sin embargo, es todo lo contrario a mí. Pero, por desgracia, yo ya no sé hacer las cosas de otra manera.
Por ponerte un ejemplo, voy a tomar un café a una cafetería y como siempre lo he tomado deprisa porque no tenía tiempo, ahora cuando voy con mi marido me desespera porque puede estar media hora o una hora delante de una taza de café. A mí me entra un nerviosismo!! Es como si fuera una adicta a las prisas.
Claro, es que esa es la parte mala de los hábitos (en este caso, malos hábitos), que se pegan a nosotros y es difícil sacudírselos de encima; pero sigo pensando que, poco a poco, podemos conseguirlo. Si cada día vamos introduciendo pequeños cambios (hoy no voy a ir a más de 100 en la autopista; voy a tardar 20 minutos en desayunar sin estar haciendo otra cosa a la vez; hoy no me bajo el móvil a la piscina, mientras estoy con mi hija…) yo creo que se puede conseguir. ¡¡Hay que intentarlo!!
Al leer este post he conseguido pararme a pensar y darme cuenta de lo deprisa que vivo.
Bueno, no te preocupes, yo creo que eso (desgraciadamente) nos pasa a la mayoría. Lo importante es darse cuenta para así, poder actuar para cambiarlo.
Te doy toda la razón…y me doy cuenta que a mi pequeño lo tengo loco con los horarios, las prisas…hay que parar ….y nunca vemos el momento adecuado.Queremos el coche más rápido, la velocidad a Internet veloz, comida rápida, el camino más corto y por supuesto más rápido, siempre corriendo, y sino parece que te quedas atrás…
Cuánto nos queda por aprender, y cuánto antes mejor…:)
Besitos